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Julián Rodríguez V, sdb  
DIVIDIR ES MULTIPLICAR AL REVÉS
"La educación es cuestión del corazón"

La escena me quedó marcada con sello indeleble. Era un día viernes, como a las 4:00 p.m, ya las personas se disponían a dejar las oficinas. A la puerta de mi oficina se apareció Jean Andrés, con el morral de la escuela en sus espaldas de niño encorvado.

Venía dispuesto a estudiar, aunque las ganas no eran muchas. No sé los años que tenía exactamente, pero estaba en esa etapa en que el niño, en la escuela, pasa de la multiplicación a la división. Jean Andrés se sentó frente a mí; sacó el cuaderno y arrojó el morral en un rincón de la oficina. Venía para que le ayudara a hacer sus tareas: las primeras divisiones que una maestra exigente le había puesto.

Como no tenía otra persona que le ayudara, pensó que para salir rápido de esa preocupación, lo mejor era que yo le diera una mano. No era el momento más oportuno para mí, porque para realizar mis propias tareas yo no tenía ayudante. Pero, ante la confianza y el candor del niño que cruza los nueve años y se despeja a nuevas experiencias, no podía dejarme llevar por lo inoportuno de su presencia.

Primero, le brindé algo de merienda. Luego nos dispusimos en actitud de estudio y abordamos –eso creía yo- con seriedad la tarea del estudio. Pero Jean Andrés tenía más ganas de divertirse que de estudiar; procuraba engancharse en la broma para dejar los ejercicios de estudio. Con humildad debo reconocer que en la única materia en que he sido buen estudiante, ha sido la matemática. Me parecía tan sencillo aplicar eso de que dividir es multiplicaral al revés. Una y otra vez repetía el ejercicio de la división dando brinquitos hacia atrás.

Pero Jean Andrés naín, nanín. Evadía la tarea, se distraía, jugaba con el lápiz y el papel, se ponía a pintar pokemones (¡extraordinaria habilidad que él tiene!) y mi paciencia se iba agotando. Le repetía una y otra vez: ¡dividir es multiplicar al revés! Es algo así como ver una película dándole marcha atrás: los jinetes se levantan del suelo y se sientan en el caballo, los heridos se liberan de las balas. Es como caminar hacia atrás, y Jean Andrés en vez de motivarse para estudiar, se ponía a pintar caballos, a hacer piruetas caminando hacia atrás.

Por mi parte, le ponía carácter, levantaba el tono de la voz e insistía: ¿4x4?, ¿8x5?... En verdad, la multiplicación no era el fuerte de Jean Andrés. “Vamos a repasar la multiplicación. ¡y haz el ejercicio de retener en tu cabezota!”. Cada vez más yo me descontrolaba e impacientaba; cada vez más él se divertía con mi malhumor. Levanté el tono de voz y un poco groseramente le dije: “Mira, Jean, yo no estoy aquí para perder el tiempo, tengo muchas cosas que hacer. ¡Déjate ya de bromas!” (a decir verdad algunas de mis palabras eran otras). Lo cierto es que a Jean Andrés le envolvió como una sensación de impotencia y rabia. Estuvo a punto de llorar, pero
se contuvo. Agarró su cuaderno, lápiz y morral y se fue sin decir palabra.

¡Mamma mía!, hubiera dicho un italiano. “¡Qué disparate!”´, murmuré, mientras me llevaba las manos a la cabeza. Ahora era yo quien contenía la rabia y las ganas de arrepentimiento. Cuando logré reaccionar y salí detrás de Jean Andrés, era demasiado tarde: ¡había desaparecido!

De nada servía lamentarme después del disparate cometido. Intentaba examinarme, quería concentrarme en mis tareas, pero me resultaba imposible. Pensaba algunas estrategias, pedirle perdón, llevarle un regalo, llamar por teléfono y explicarle a los papás. No habían pasado 20 minutos, cuando alguien golpeó a la puerta. Maquinalmente dije:“Adelante”. Era Jean Andrés. Posó el cuaderno sobre el escritorio, el morral en el suelo y preguntó:

- Padrino, ¿cómo es eso de que dividir es multiplicar al revés?

Me desarmó. Lo que pasó después es algo que forma parte de la historia de personas que llegan a ser amigos de verdad. En ese instante cambió totalmente la relación y el estudio. Antes había predominado la relación del profesor con el alumno, había que hacer la tarea y él debía aprender a dividir. Aunque existiera otra relación supuestamente entre nosotros dos, la percepción en el momento había sido de profesor-alumno, de quien sabe e impone a quien acepta, de quien decide y exige, incluso a veces, somete a quien asume resignadamente. Cuando el profesor instruye, pero no educa, la relación sigue siendo impositiva, aunque sea aceptada sin conflicto, como natural.

En el Sistema Preventivo de Don Bosco, lo que cuenta es la reciprocidad, el arte de relacionarse educativamente. El colegio más que un lugar donde se instruyen a los niños es una casa donde se crece y se vive en familia, y lo que hace realmente que sea familia son las relaciones de reciprocidad, sanas y constructivas, donde cada quien se siente querido y amado, valorado y apreciado.

En un mundo como el nuestro, donde las relaciones interpersonales son y deben ser centro de atención, de valorización y de calidad de vida, la educación juega un papel fundamental. Ese estar “con” el otro y ser “para” el otro adquiere una relevancia clave para que la instrucción y los aprendizajes tengan sentido educativo. Cada uno puede dar y recibir algo en el ir haciéndose persona y en el proceso educativo. Esta reciprocidad amorosa y responsable es el espíritu de familia propio del Sistema Preventivo.

Don Bosco, en sus relaciones con los muchachos y con las personas que colaboraban con él, fue maestro y educador. En sus encuentros con los jóvenes establecía una relación personalizada, afectivamente profunda y auténtica, llena de familiaridad y alegría. Facilitaba que su interlocutor se sintiera cómodo y a gusto; no había en él superioridad o competencia. Don Bosco era una persona supremamente sencilla, cercana, plenamente confiable y justa; sabía situarse al nivel de su interlocutor, aceptarlo como persona, para llevarlo- educarlo, sifuera necesario- a su propio nivel, allí donde todos somos iguales, amados y queridos por Dios. La relación no era asimétrica, pero no renunciaba a su rol de adulto, de educador y de sacerdote. Trataba de adaptarse al momento de crecimiento de cada uno, respetado y aceptado en su condición.

Hay una expresión de uno de los estudiosos más insignes de don Bosco, Pietro Braido, que recoge magistralmente la intuición y la praxis educativa del educador salesiano: “La pedagogía de don Bosco se identifica con toda su acción; su acción con su personalidad; y en don Bosco en su totalidad se sintetiza en su corazón. Es el corazón, como el mismo lo entiende, ‘no sólo como órgano del amor, sino como parte central de nuestro ser’, a nivel de naturaleza y gracia: “el corazón ama, el corazón desea, comprende y entiende, escucha lo que se dice, se inflama de amor, reflexiona, se mueve”. Y todo esto circundado de una afectividad intensísima, fuertemente interiorizada, siempre controlada; y sin embargo, según los cánones de su misma pedagogía, expresada, comunicada, por lo tanto visible, perceptible”.

Jean Andrés percibió que más allá del juego, de las dificultades del estudio, de las exigencias de la matemática, había una relación recíproca de afecto y de valoración. Por eso regresó, y entendió que la matemática no es sólo cuestión de razón, sino de corazón. Dividir es multiplicar con el corazón, porque éste despeja la mente e ilumina el entendimiento, donde los números son también expresión de una reciprocidad amorosa.

 

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