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Números publicados > Septiembre - Octubre 2006> Conversando con Mamá Margarita |
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| - Mamá Margarita, ¿qué está haciendo usted en este momento? - Ya ven como hierve el agua en el caldero; estoy preparando la polenta que es el plato favorito de nuestros muchachos: comida de pobre, pero hecho con cariño. Para el medio día preparo una sabrosa sopa de verduras, los domingos le añado carne y fruta. - ¿Se siente usted contenta en el Oratorio? - ¿Qué si estoy contenta? Ni me lo pregunten. Quien hace la voluntad de Dios está siempre feliz. Mamá, me dijo un día Don Bosco, necesito tu presencia en el oratorio. A mí me costó mucho abandonar mi casita; pero si eso es del agrado del Señor, le dije, voy contigo. Y aquí me tienen. - ¿Cómo son los muchachos que Don Bosco recoge de la calle? - ¡Ah, pobres muchachos! La mayoría son huérfanos o abandonados. Son de buenos sentimientos, pero no faltan bribonzuelos y caprichosos. Los primeros que trajo a la casa, nos dejaron sin cobijas y sin sábanas, ¡pobres ladronzuelos!
- ¡Oh sí! Aquel chiquitito de Castelnuovo. Entonces el espacio era reducido y no cabía uno más. Don Bosco llega una tarde en compañía de un huerfanito muy vivaracho y avispadito. ¿Dónde ubicarlo? Estuvimos a punto de ponerlo en la cesta del pan y colgarlo de una viga como una jaula de canarios (y este muchachito llegó a ser obispo y cardenal: Juan Cagliero). - ¿Cómo se las arregla con tantos muchachos? - Miren: Don Bosco y yo, al principio transcurríamos largas horas de la noche en remendar la ropa y arreglar los zapatos. Luego nos vinieron a ayudarnos mi hermana Mariana y otras sacrificadas colaboradoras. - ¿Le tienen cariño los muchachos a Usted? - Muchísimo. Me llaman mamá. Lo han aprendido de Don Bosco. Ni sus propias madres los hubieran querido tanto como yo y ellos me corresponden con el respeto y la obediencia.
- A veces me dejo vencer por el corazón. Al travieso que está apartado del grupo, le llevo a escondidas su comida y le susurro: ¿Cuándo te decides a portarte bien? ¡Ves cómo Don Bosco te quiere y se sacrifica por ti! “El Señor quiere que seas bueno”. En la mayoría de los casos, la respuesta es un cambio radical de conducta. - Mamá Margarita, ¿hay muchachos buenos en el Oratorio? - Uff… Por docenas. Es verdad que también hay muchachos difíciles, pero el Señor premia a Don Bosco enviándole jovencitos de grandes virtudes, que él cultiva con esmero: Domingo Savio, Miguelito Rua, Juan Cagliero… Y paro de contar. Sus ejemplos son para mí un estímulo para servir cada día mejor al Señor. - Mamá Margarita, ¿cómo es el cuento de las gallinas? - ¡Ah pues! Llegaba yo de una visita a mis nietos cuando ya atardecía. Los muchachos me vieron al encuentro gritando: mamá, mamá Margarita. También las gallinas al oír mi voz no se conformaron con quedarse en el gallinero y a pesar de la hora volaron todas a mí alrededor. Entre vivas de unos y cacareos de otros hice mi entrada triunfal… Como una reina. Naturalmente los muchachos se desternillaban de risa.
- Me gusta repetirles… “El que no trabaja, que no coma”. Lo dice S. Pablo. Los jóvenes la entienden muy bien y esto es lo importante. - ¿Y cuándo reza usted? - Casi siempre. Tempranísimo voy a la misa. Al regresar a mis tareas domésticas, lleno las horas con mis devociones, rezando en voz alta. A veces Don Juan me pregunta: Mamá, ¿con quién estás hablando? Y yo le contesto: hijo, estoy rezando por nuestros muchachos y por nuestros colaboradores… Y continúo en voz alta… “danos hoy nuestro pan de cada día,” o bien: “dales, Señor, el descanso eterno”, etc. el Oratorio hay muchachos difíciles. - ¿Tiene usted muchos vestidos en el armario? - Ahora sí ustedes me quieren mortificar: mi único vestido de campesina pobre, lo cuido y lo mantengo siempre pulcro y limpio. - ¿Qué hizo con las 20 liras que le entregó Don Bosco, para que se comprara uno nuevo? - Ustedes se las saben todas… Me hubiera parecido injusto que algún pobre o algún muchacho pasara grave necesidad y yo estrenara, como una gran señora vestido nuevo. Así que decidí comprarle un par de zapatos a un pobre y llenar las ollas para saciar el óptimo apetito de mis huérfanos… Nadie me convence que hice mal. - ¿Y qué es de Antonio y José, hermanos de Don Bosco? - Antonio es un buen cristiano: no deja de visitarnos cada vez que viene a Turín y siempre nos agradece el cariño que le guardamos. José, todos los años para la fiesta del Rosario, nos hospeda en su casa con los mejores alumnos del Oratorio. - ¿Qué admira usted de Don Bosco? - Su ilimitada confianza en la divina Providencia. Su entrega total a los jóvenes pobres, su alegría, su afán por la salvación eterna de sus muchachos. Su devoción a la Virgen Santísima y su amor a Jesús Sacramentado. ¿Les parece poco? |
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