P.
FELICÍSIMO ÁLVAREZ


El P. Felicísimo con niños
guajiros
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El
6 de mayo, fiesta de Sto Domingo Savio, nos dejaba el P. Felicísimo
para reunirse con su familia que lo había precedido y con
la Familia Salesiana en el Jardín Salesiano. Escasamente
dos meses antes habían partido a la Casa del Padre sus
dos hermanas, Consuelo y Ludivina.
Pertenecía
a una familia numerosa de 10 hermanos; educada por unos padres,
verdaderos cristianos practicantes, como decimos hoy. En efecto,
eran los encargados de la capilla del pueblo, participaban regularmente
en la misa dominical, rezaban el Rosario diariamente y se preocupaban
de que sus hijos igualmente fueran “buenos cristianos y honrados
ciudadanos”, como quería Don Bosco de sus muchachos.
La
vida del P. Felicísimo en el pueblo transcurrió
de manera feliz con sus hermanos en medio de los duros trabajos
del campo. Tendríamos muchas anécdotas que comentar
de su infancia y juventud, llenas de humor y creatividad, pero
este no es el momento para eso.
Después
de hacer el servicio militar comenzó una experiencia de
discernimiento vocacional con los salesianos; así es como
a los 24 años se decidió a seguir a Don Bosco, como
salesiano laico, con los salesianos de España. No tenía
ni siquiera el Bachillerato por lo que tuvo que ponerse a estudiar;
cosa que, como muchacho del campo, le costaba mucho porque no
tenía hábitos de estudio, pero sí mucha voluntad
y deseo de aprender. Hizo varios cursos de sicopedagogía
y enfermería durante varios años en período
de vacaciones. Estos estudios le valieron mucho para poder trabajar
con los muchachos por bastantes años en varios internados
en España.
Durante muchos años, además del trabajo como enfermero
y educador, se dedicó a entrenar a equipos de fútbol
donde los muchachos aprendían, no solamente a jugar, sino
también a ser disciplinados y ordenados en su vida. Con
frecuencia mostraba orgulloso los muchos trofeos conquistados
con los equipos que entrenaba tanto en España como en Venezuela,
principalmente en Amazonas.
Un
día el P. Felicísimo sintió la llamada de
Dios a entregar su vida fuera de su país. Su destino era
Brasil, pero Dios había seleccionado otro lugar para él.
Primero, se quebró una pierna y luego se enfermó
su papá y no pudo salir para Brasil. Una vez que murió
su papá solicitó más bien venir a Venezuela.
Eso fue por el año 1978 y fue enviado a Carrasquero, Estado
Zulia, con lo Guajiros. Allá pasó 10 años
trabajando con gran esfuerzo y entrega en el Centro Agrícola
Don Bosco y con las comunidades guajiras cercanas al Centro.
De
nuevo el Señor le pedía otro sacrificio más
para poder servirle mejor. Así es como solicitó
estudiar teología para hacerse sacerdote. Después
de muchas dificultades, porque el estudio le costaba mucho, pues
ya tenía 51 años, fue ordenado sacerdote el 2 de
julio de 1988. Fue un día muy especial, pues esa había
sido siempre la ilusión de su vida.
De
Carrasquero se fue al otro extremo de Venezuela: entre los indígenas
de La Esmeralda y Puerto Ayacucho, Estado Amazonas. Después
siguió su misión, de nuevo en Carrasquero y los
caseríos de Punto Fijo, Estado Falcón, para llegar,
finalmente, a Puerto La Cruz.
El
recuerdo de Puerto La Cruz, los muchachos y personal del Colegio
Pio XII, la gente de Fátima y muchos amigos y amigas más
eran una referencia continua en sus conversaciones. Vivía
más en Puerto La Cruz y Punto Fijo que en Caracas. Los
continuos mensajes, llamadas, visitas, cartas, correos, etc lo
tenían conectado en todo momento a su gente.
Sólo
nos queda pedirle a Dios y a María Auxiliadora que el P.
Felicísimo sea intercesor y padrino de la familia que quedamos
aquí, de tantos amigos y amigas que dejó en Carrasquero,
el Estado Amazonas, Punto Fijo y Puerto La Cruz. P. Manuel
Álvarez. |